Por Moisés Naím

Gustavo Coronel debe dormir muy bien. Llegué a esta conclusión basándome en un antiguo dicho francés: “No hay almohada más suave que una conciencia limpia”.  En realidad, yo no sé si Coronel tiene sueños apacibles, pero siento que  lo conozco lo suficientemente bien como para saber que es una de las personas más ferozmente honestas que he conocido. Y que debe disfrutar de una conciencia limpia.      

“Las armas del Coronel” es el título del blog que Coronel ha escrito ininterrumpidamente desde el año 2007. Algunos de los capítulos de este libro han salido de allí. Una clave para leer estas páginas es ir buscando en ellas los eventos moldeados por la terca e incorregible honestidad del autor. Unas veces la honestidad aparece como una cándida curiosidad, y en otras como audaces decisiones vitales y políticas.  En ocasiones también como posturas intransigentes o causas increíblemente ingenuas. 

En realidad, las diversas formas en que se manifiesta la honestidad constituyen el peculiar arsenal de este Coronel. Este venezolano con inmensa pasión por su patria es geólogo de profesión, ciudadano por vocación y exiliado por obligación. 

También ha sido servidor público y un observador político que no da treguas ni a los tramposos ni a los hipócritas que pueblan las madrigueras escondidas tras la política oportunista y las falsas apariencias de la vida pública. 

Mi mensaje es sencillo: Gustavo Coronel es, ante todo, y después de todo, un hombre decente. Un hombre cuya vida vale la pena conocer. Y tratar de emular. 

Los que han leído sus otros libros, su blog y sus artículos de prensa saben que no esconde su dolor y frustración ante la devastadora realidad venezolana. Quienes no lo conocen podrían creer que tantas amarguras han erosionado su espíritu. Incluso algunos que lo han conocido dan testimonio de su carácter implacable, incapaz de calzar en los comunes acomodos de una sociedad de cómplices. Sin embargo, sus amigos saben que aún con la incomprensión, frente a las inocultables limitaciones y las injustas estrecheces del exilio, Gustavo mantiene un muy buen humor. No es que vaya por la vida riéndose de todo, pero su talante es el de esos sabios que siempre cuentan sus bendiciones y parecen poseer el secreto de la verdadera felicidad. Precisamente, una de las virtudes de estas páginas es que, junto a la crónica que ofrecen de estos terribles años de la Venezuela de Chávez y Maduro, se despliega una suerte de mapa físico del autor, de esos que muestran los caminos que ha recorrido, pero que también revelan sus valles y picos, las cotas de su geología  espiritual.

Estas páginas también revelan cómo el geólogo es con frecuencia desplazado por el melómano. Vemos como su felicidad interior se deriva, en gran medida, de dos factores: uno, su amor por la música clásica desde niño, con cada compositor favorito, Rachmaninov, Poulenc o Gershwin,  entre muchos otros,  sirviendo de deleite o de consuelo en circunstancias difíciles. El segundo, su feliz niñez y adolescencia en Los Teques, un pueblo que —en esa época–  él define como mágico, lleno de seres originales e inolvidables.

Y sin embargo, Gustavo escribe con la mente de un geólogo, un especialista en perforar las diferentes capas que hay debajo de la superficie y un observador que sabe leer los significados de los diferentes estratos de la realidad.

Su instinto de articulista lo fraguó siendo colaborador en la sala de redacción de Resumen, la innovadora y combativa revista de opinión de la Venezuela de los años 70, la que dirigió el agresivo y polémico periodista y político Jorge Olavarría. Pero, de nuevo, la prosa de Coronel no es la de un político o un analista común; es la de un geólogo petrolero, alguien cuya profesión es encontrar y explotar valiosos yacimientos de gas y petróleo basándose en la ciencia, la tecnología y, sobre todo, los datos, la evidencia. 

De hecho, fue uno de los pioneros en la expansión y tecnificación de la exploración del petróleo venezolano. En 1974, cuando todo apuntaba a que la estatización de la industria petrolera era inminente, Coronel,  quien era un gerente medio de la Shell, se movilizó para organizar al colectivo de los profesionales petroleros e intentar influir en el proceso. Sentía que el futuro de la Industria era muy importante para el país como para dejarlo en manos de los políticos. Así que junto a un pequeño grupo de colegas fundó una  asociación de empleados de la industria petrolera, que llamó “Agrupación de Orientación Petrolera,”  AGROPET. 

Hasta entonces, los profesionales del petróleo estaban acostumbrados a actuar como expertos en sus respectivas áreas, se mantenían distantes de la diatriba publica, dedicados a hacer bien su trabajo. Así que no les fue fácil intervenir en la arena política e, inevitablemente,  hacerse blanco de ataques por parte de quienes los presentaban como agentes al servicio de las corporaciones petroleras, de oscuros intereses foráneos y poco menos que traidores dispuestos a entregar la soberanía nacional.

Proféticamente, Coronel estaba convencido de que los imperativos ideológicos, la desconfianza por lo extranjero y por el sector privado, junto con la tentación clientelar terminarían por imponerse sobre los criterios técnicos y empresariales en el manejo de la industria petrolera venezolana —para la época una de las más importantes del mundo. 

Desde su punto de vista, la nacionalización obedeció más a razones políticas que económicas y estaba condenada a causar un daño irreparable a la fundamental fuente de ingresos del país. Para Coronel la estatización era el camino incorrecto, pero sabía que era inevitable, así que se propuso que aquel proceso al menos se llevase a cabo correctamente, honestamente. Pensaba que debía contrarrestar a los que planteaban cortar en seco con las transnacionales y lograr cierto grado de continuidad gerencial que permitiera una transición que no pusiese en peligro la solvencia del país.

Carlos Andrés Pérez, el presidente que impulsaba la nacionalización de la industria petrolera lo escuchó. Para sorpresa de Coronel, Pérez lo designa como uno de los miembros de la primera junta directiva de la recién creada Petróleos de Venezuela, la hoy tristemente célebre y muy quebrada PDVSA. Puede decirse que en parte gracias a su tenacidad y la de algunos de sus colegas, la industria petrolera venezolana, ya estatizada, conservó por muchos años un alto estándar de meritocracia, competitividad y competencia profesional. 

En 1981, durante la presidencia de Luis Herrera Campins, Coronel estaba a cargo de Meneven, una de las empresas filiales de PDVSA. Súbitamente, el gobierno decidió que la sede de esa empresa debía mudarse a la ciudad de Puerto La Cruz, en el oriente venezolano lo cual Coronel denunció por considerarla una medida política carente de fundamentos técnicos. Naturalmente, fue despedido.

Y es en ese momento en su historia personal donde comienza este libro. Después de casi tres décadas en la industria petrolera, se encontraba por primera vez sin trabajo. Aunque no por mucho tiempo. Pronto fue invitado a la Universidad de Harvard, donde obtuvo un puesto como investigador y luego se mudó a Washington DC, para trabajar en el Banco Interamericano de Desarrollo como consultor en el sector energético. En 1988 al elegirse Carlos Andrés Pérez para un segundo mandato, Coronel se entusiasmó con la idea de regresar a su país. Una vez frente al presidente Pérez, cuando este le pregunta cuáles eran sus planes, le extendió un texto manuscrito con sus objetivos: “(a), ser útil, más que importante; (b), ser creativo, hacer sin gastar mucho; (c), ser transparente en mi labor; (d), ser un líder para el cambio necesario”.

Pérez recibió aquella carta de buenos propósitos de buen talante, aunque podía anticiparse que sus preceptos también serían una receta de futuros sinsabores. Para Coronel, estaba claro que uno de los motivos para volver a Venezuela era luchar contra la corrupción. Coronel nunca vio este flagelo como un problema cultural, ni simplemente como una veleidad o debilidad individual, sino como un problema sistémico, estructural. De hecho, la historia reciente que relata Coronel confirma la necesidad de rechazar la idea de que la corrupción se soluciona eligiendo o nombrando líderes honestos. Ojalá todos lo sean, pero no hay que apostar a eso. Más bien hay que apostar a leyes, reglas, instituciones y controles que impidan el robo y eliminen la impunidad. La lucha contra la corrupción requiere de reglas que se cumplan, no de héroes vengadores que se conviertan en la única protección que tiene una sociedad para que los poderosos no roben.

Incapaz de comprometer sus principios, una de las constantes de Gustavo Coronel es que cuando ha considerado que algo es incorrecto no ha sabido quedarse callado. Así lo probó una y otra vez, ya en PDVSA, en el Banco Interamericano de Desarrollo y también después, cuando le tocó ocupar una posición de liderazgo en la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) o trabajar en el Gabinete del gobernador del estado Carabobo Henrique Fernando Salas Feo.  Y así ocurre en este libro, donde Gustavo demuestra, como dirían en Venezuela, que él no es escaparate de nadie. Así derrocha su generoso aprecio por las personas de talento e integridad que ha conocido y no escatima adjetivos o incómodos detalles a la hora de exponer los que considera no han estado a la altura de las circunstancias. Sin duda, esa fidelidad a sí mismo, ha sido la fuente de muchos de sus aciertos, pero también le ha ganado poderosos enemigos.  

Confrontado con el acelerado deterioro económico, ético y moral de la Venezuela de Hugo Chávez y de la dictadura de Nicolás Maduro, Coronel ha llegado a cuestionarse a sí mismo. Ha dudado sobre si su postura ética es extremadamente rígida o si se puede ser más flexible: “¿No es acaso la ética flexible el principio de la entrega?”, se pregunta. No puede esperarse menos de quien ha encontrado inspiración para su código personal en Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. Escribe Coronel:

“D´Artagnan descubrió que la meta verdadera de su vida no era su promoción sino el servicio. Athos pasó de predicar sus preceptos a vivirlos y a morir por ellos. Porthos descubrió que la vanidad era secundaria a la solidaridad con los amigos. Hasta Aramis vino a darse cuenta que todas las intrigas del mundo no podían reemplazar la verdadera amistad. En las páginas de Dumas, la amistad, el honor y la caballerosidad emergen victoriosos”.

Para muchos de nosotros, la idea de ser auténticos, de encontrarnos o hacernos a nosotros mismos puede tomar muchos años y mudanzas. Es como si nuestra personalidad se hubiese disuelto con la edad, sacudida por un torrente de eventos inesperados y, de pronto, nos vemos al espejo para descubrirnos vistiendo un rostro prestado por otros. Entonces, sólo en ese momento de autoafirmación tratamos de apurarnos frenéticamente para ser auténticamente nosotros mismos, como si el tiempo estuviera allí, anciano, señalándonos con el dedo, listo para hacernos una advertencia, o una admonición: “¡Qué has estado haciendo con tu vida!”.

En una encrucijada así, no todos pueden hacer como Gustavo Coronel y plantársele de frente al tiempo y sin bajarle la vista decirle: “He vivido sin temor a ser yo mismo”.

Hoy, desde su apacible rincón de Virginia, quizás Gustavo se sienta a escuchar, lejanos, lo que el llama “los truenos de la tempestad que azota al mundo”. Allí se queda quieto, presente. Siente su propio peso y la densidad que ha adquirido su vida. Como si todo estuviese finalmente encontrado su lugar, ve los años vividos como el paso de la intención a la acción, del silencio del que sueña a los hechos que confirman la existencia de obras cumplidas. Acá está su trabajo, su amor, su tiempo. Ahora es su verdadero rostro el que se encuentra frente a frente con el tiempo, y ya no es viejo ni le arroja admoniciones, sino que lo abraza. En ese momento vive, plenamente, el hombre honesto.

DEL PRÓLOGO DE MOISES NAÍM